día 5 — lluvia y siesta
el viernes nos levantamos no tan tarde y fuimos a otro pueblo vecino en el Alfa Romeo a comprar carne, todo especialmente. la idea era hacer un asado con unas tiras muy juiciosamente seleccionadas y un costillar de cordero y chorizos. nos hicimos también de otras provisiones menores, pero igual lo lindo siempre es el paseo. ah, cierto, compramos carne para hacer empanadas, de las que tenemos —fácil— diez recetas de todas las regiones posibles. las estamos evaluando y llegando minuciosamente a muy diversas conclusiones.
estamos corriendo pero las subibaja de la montaña son demoledoras. hacemos la mitad de la distancia en el mismo tiempo, lo que es —me imagino— un bochorno pero es lo que se puede. hay cientos de metros en subidas que en el auto las tenés que hacer en primera, como para describirles la dificultad y además el suelo es muy irregular y hay unas plantas muy malditas y espinosas que de repente se te cuelan y te las llevás arrastrando. duele. pero bueno, no abandonamos. igual, lo que soy yo, no puedo abandonar bajo ningún concepto —ni se me cruza la idea— porque vuelvo rodando. es que la comida toda es muy rica, se le dedica mucho del tiempo vital diario y encima sale de maravillas. o sea que no da no comer. y después está la bebida, que es otro tema, pero qué vinos, señora, qué vinos. ayer tomamos uno casi terroso al que hubo que decantar obligadamente tras diez años de guarda y toda una borra de lo más intensa.
el sábado —día del que les estoy hablando— llovió como nunca y tras la lluvia salimos a dar un paseo. la foto que ilustra este post da cuenta de la humedad y el grisor que nos acompañaba. con Tito después nos perdimos por ahí y pensamos que no llegábamos a la cena.
hablando de la cena, esa noche amasamos unos ñoquis de papa que fueron de sueño. en realidad los hicieron Daniel y E. mientras nosotros paseábamos, pero me doy crédito porque tuvimos que limpiar la cocina después y parecía un campo de batalla. un poco me bajó la presión cuando vi harina en todos lados y que las tablas de amasar tenían, mínimo, 2 cm cada una de engrudo. igual nada grave.
cuando pasan tantos días que no tengo un momento en el que sentarme a diarear, me olvido mucho del detalle, pierdo esa cosa del hilado más fino. ojalá no sea un torre la lista de actividades, lo iré puliendo.
en cuanto a las procesiones existenciales que van por dentro, me matan los mails de repente. me cuesta contestarlos, me cuesta sentarme y conectar con algo que me está gustando tener en stand-by —es un rato nada más.
