día 7 —domingo de misa y maratón de Lisbeth Salander
este banco fue recuperado de la parroquia y ahora está en la entrada de la casa. la foto como la gente se las debo, chicos, no es mi fuerte. no dialogo bien con las máquinas y no tengo el ojo que se necesita. se me chanflea, me sale algo que no quería, corrijo una cosa y se me descalabra otra, no sé, no todos nacimos para todo.
ayer —domingo— volvimos a almorzar a Il Gabbiano y me emociono cada vez que pienso que podemos volver en cualquier momento. ayer, por ejemplo, cambiamos la pannacotta por gelato de avellanas, de crema y el tercer sabor creemos que era pistacho pero nadie se convenció del todo.
abro un nuevo párrafo para comentar lo siguiente: no me dan las palabras para describir lo que es comer la pasta de Il Gabbiano. es de verdad, literalmente, el volver a comer las pastas que nos hacían nuestros abuelos —bueno, los míos sí. es como un arrebato de infancia, una memoria vívida, de muchísima nostalgia también. es un volver a algo muy mío, en el sentido de una época que no compartí con nadie en la mesa, a algo que no puedo dar a entender si no es a partir de ruidos y sonidos exclamativos llenos de lujuria gastronómica. siento que tengo 5 años y que le festejo los canelones a mi abuela otra vez.
después, al volver, con la panza llena y el corazón contento, tibio de un verano para nada sofocante y de una vegetación envidiable, retozamos un rato, terminé un trabajo —sepan que recién ahora empiezan mis vacaciones propiamente dichas y que el último mes de mi vida trabajé como nunca y con una capacidad que ni yo sabía que tenía para congeniar todo sin detonarme. paso siguiente vimos Lisbeth I y II con café y amarettis.
Italia es lo todo y me hace muy feliz y me permito una desubicación para expresar lo siguiente: la parte española de la herencia me parece un divague cualquiera.
