día 18 bis —Trieste
esto que tengo para contar es MUY loco, porque nos pasaron un millón de cositas de esas que te sacuden y te dejan un poco en suspenso.
salimos a cenar muy tarde y el del hotel, que estaba totalmente chapa pero bien, divertido y cómiquísimo, nos llevó a un restaurancito muy local donde el dueño, a pesar de que era una hora ridícula para cenar en Trieste, nos hizo unas gambas en salsa de rabanito blanco picante y una ensalada de rúcula con una vinagreta muy superior y de primo unas pastas con mariscos varios muy buenas. realmente cenamos perfecto.
el tema es que cuando nos estábamos por ir, siendo ya los últimos comensales, entra un chabón totalmente duro —pero, a ver, he visto mucha gente muy dura en la vida, pero este era como la síntesis de toda la cocaína del mundo en un solo cuerpo, aspecto que además suele ser muy común en mi hermano mayor, especialmente en sus épocas más lamentables y deprimentes.
cuestión que entra este ñato y no va que de despistada hago contacto visual y apenas ocurrió pensé no, man, qué bajón. entra como si tal cosa, un monigote de 2 metros y, no sé, 130 kilos, que todos pensamos onda doblemente bajón si la queda acá o se paranoiquea justo cuando uno está terminando una plácida cena o, peor, mirá si te empieza a hablar. encima de él. rajemos.
quisimos huir pero el del restaurant nos sirvió grappa y nos pidió encarecidamente que nos quedemos hasta que el zarpado este se fuera. el flaco se ve que se puso a peinar y tomar en el baño porque tardó un siglo y cuando se decidió a irse, agarró y se fue como que acababa de salir del baño de su casa. obviamente, totalmente en cualquiera.
en fin. con hermanitóxico nos quedamos atónitos. bien podría haber sido nuestro hermano mayor entrando a las inmediaciones. como que se nos apersonó via cocainómanos unidos o algo así.
después de esa secuencia, salimos a caminar, vemos un lugar flashero arriba de unas escalinatas con una fuente y subimos. una vez arriba, N. se cuelga en con el agua de la fuente y dice qué lindo, qué lindo y «eso qué es» —pregunta.
miro bien y no me queda otra que contestarle con la verdad: «es una jeringa».
plis, chicos, rescatator.
ahora bien, no digan más.
