Bety Dañina Barcelona

Jul 23

día 19 —Sabonje, Slovenija

esto es Sabonje, el caserío del que salieron mi abuelo y sus hermanos. mi abuelo fue el último en irse, en 1930. el éxodo empezó con mi bisabuela y los hermanos más grandes y se fue completando en el devenir de la década. el padre y la hermana más chica, Anna, ya habían muerto de tuberculosis y neumonía respectivamente.

no diría que es un pueblo y por eso lo llamé caserío. según wikipedia viven ahí 79 personas repartidas en un manojo de viviendas, todo muy pintoresco pero extranísimo, principalmente cuando hablando con la gente —finalmente todos parientes lejanos— te enterás que hubo siempre tres apellidos y que ahora quedó uno muy dominante, que es el de casi todos.

al entrar en Slovenija, durante los primeros kilómetros, no sé, yo estaba muy mirando y viendo. en el auto iba hermanitóxico al volante, Tito de copiloto y N. y yo atrás. como decía, yo iba colgada por la ventana recordando a mi stari ata —que fue un abuelo de una energía tan poderosa y constructiva que tuvimos la imperiosa necesidad de volver a él y creo también que de volver a él a presentarle a nuestros amores —ya saben que yo soy muy del amor y que todo es amor, siempre amor y nada más que amor o desamor y de lo segundo ya perdí el rastro.

me fui de tema. la entrada a Slovenija desde Trieste me reencontró con mi abuelo al toque y en un momento en el que no me ocupé de nada más que de sentir lo que sentía, sin pensarlo ni tamizarlo con especulaciones ni nada, me invadió una emoción tal que empecé a lagrimear con mucha intensidad y mucho sentimiento, una mezcla de dolor con redención que me dejaba llorando muy a gusto y muy serena, un poco escondidita detrás del asiento de Tito mientras él me agarraba muy fuerte de la mano.

fue muy intenso porque justo lo miro a hermanitóxico y él también iba lagrimeando al volante, en silencio, conectado con algo mucho más fuerte, superior, a todos nosotros ahí convocados, sintiéndonos como llamados a vivir sin torturas ni desquicios.

al poco rato llegamos a Sabonje, estacionamos el auto y muy rápido fueron saliendo mujeres de sus casas algo inquietas por las visitas no anunciadas. es que, me imagino, en un caserío así que lleguen cuatro monos en un auto un domingo al mediodía no debe ser cosa habitual. 

como teníamos el acta de inscripción familiar, donde figuran mis tatarabuelos, mis bisabuelos, mi abuelo y sus hermanos, etc. se los mostramos y nos señalaron las tres casas que podrían ser la casa de esa familia. un poco las fuimos sacando por las inscripciones y otro poco por las descripciones que mi abuelo nos hacía cuando nos hablaba de Slovenija, de los caballos en el subsuelo, el arroyo en el que se bañaba, el fondo que daba a la vista de una montaña y así.

mucho de lo que nos decía no entendíamos, pero sí entendimos cuando una de las señoras dijo que la nuestra —nuestro apellido— era «una familia muerta», lo que nos estrujó un poco la panza y nos dio escalofríos, como todo lo que es triste y agónico pero también muy verdad y cierto.

por un momento nos quedamos parados en el centro del caserío, en el silencio más absoluto que se puedan imaginar, así el silencio de un domingo al mediodía en un pueblo de menos de 100 habitantes, viendo a mi abuelo pasar por la calle principal como cuando en 1930, a sus 21, hizo ese camino por última vez prácticamente desnudo e indocumentado.

me flashée que la energía y el amor colisionan y que el tiempo no existe y que en ese entonces sintió la misma cosa muy superior a él y a todo y supo que había vida en otra parte —la nuestra.


  1. kireinatatemono said: esto es increíble, bety, lo que contás y como lo contas. Huyamos del desamor, siempre.
  2. creacionesbety posted this